martes, 24 de abril de 2018

La cultura del maltrato

Por Ernesto Padrón

Fui con mi nieta y mi hija al Zoológico Nacional, en el Parque Lenin. La entrada está establecida a las diez de la mañana, pero abrieron a las diez y veinte. Como se sabe, el recorrido en los ómnibus por el parque se hace también con una guía. Cuando llegamos al lugar de salida solo había un transporte parqueado, sin chofer, y las guías estaban todas, en pleno intercambio de vivencias, sentadas alrededor de una mesa. Por estar ya aclimatados a esa cultura del maltrato, esperamos pacientemente a ver qué pasaba. Pero nadie se nos acercó a explicarnos el porqué de la demora. Me acerqué yo a las muchachas, y una de ellas me dijo que estaban esperando a que los choferes terminaran de merendar. Sin comentario.
Por fin comenzaron a llegar los otros ómnibus y llegó el primer chofer. El hombre apareció gritando y quejándose con malas palabras, por un trasporte, de algún organismo, que le obstruía el paso a su autobús. A continuación le tomó la mano a la guía, a la muchacha que me dio la explicación, y le expresó  —en lenguaje pedestre y delante de los adultos y niños—  sus deseos de enamorarla. Finalmente, ya en el ómnibus, deleitó nuestros oídos con un reggaetón a todo volumen.
Las expresiones de esta “cultura del maltrato” son muchas, y algunas pueden ser surrealistas. Van desde lo que la gente llama “el síndrome de las puertas cerradas” —para comodidad de los empleados o del administrador, se clausuran algunas puertas de entrada a los establecimientos públicos—; el notable desdén de una empleada; el “hay pan con queso y pan con jamón, pero no hay pan con jamón y queso”; o “no se puede sentar ahí porque si llueve ese lugar se moja”. Seguramente los lectores podrían aportar otros miles de ejemplos.
Y ustedes se preguntarán ¿y por qué cultura del maltrato y no maltrato a secas? Pero ahí radica lo triste del asunto. No se trata de un fenómeno ocasional. Se trata de una generalizada mentalidad invertida a la hora de prestar servicio a la población. El que debe servir se cree objeto del servicio. Esa distorsionada mentalidad se ha venido enraizando, cultivando, creo yo, por la falta de recursos; por la falta de estímulo a la eficiencia de los empleados y negocios estatales; por una mala selección y capacitación a los dirigentes; y por la falta de control de la disciplina, de los precios, de la ética en el servicio. Se fue a bolina la profesionalidad.
Qué diferencia con el trato de la mayoría de los establecimientos particulares. El buen trato está marcado esencialmente porque el cliente satisfecho repite y recomienda, es la piedra angular del éxito del negocio y de ese éxito depende el buen salario de los empleados. Y entre estos negocios hay competencia. Al empleado o dirigente estatal eso lo tiene sin cuidado. Ni gana ni pierde con sonreírle al cliente. Y si le es más cómodo que el cliente espere, haga fila, esté obligado a comprar “el módulo”, o se coma primero todo el helado de pistacho, teniendo otros sabores, pues mejor.
No quiero decir con esto que no existan trabajadores y dirigentes estatales que amen su labor y se sientan comprometidos con brindar un buen servicio. En las empresas del turismo, por ejemplo, el trato es bien distinto, porque en ellas opera la misma ecuación de cliente satisfecho = más ganancias para todos.
La cultura del maltrato se da en otros muchos procesos, estatales o particulares; como en el establecimiento de precios surreales,  vender productos de mala calidad u obsoletos. Cuando dar explicaciones a los clientes no es algo sagrado y más bien no darla resulta un recurso para quitárselos de encima. Cuando se alargan vergonzosamente los plazos para resolver los problemas, y cuando se pretende dejarlos por resueltos con un parche.
¿Qué podemos hacer para erradicar esta deformidad? Creo que, como en otros fenómenos de nuestra sociedad, debemos prestar atención a la esencia del socialismo como un proceso consciente, el cual al mismo tiempo que debe buscar la eficiencia económica por medio de la disciplina y la productividad, debe igualmente alcanzar la eficiencia en el terreno de la condición y la solidaridad humana. Porque ambas eficiencias forman parte del mismo proceso. Y por lo general las concebimos y atendemos por separado.
El trabajador debe sentirse motivado por el salario, pero también por el reconocimiento de su calidad profesional y humana; por su superación y permanencia. Debe sentirse motivado por las buenas condiciones de trabajo; porque se le escucha y se le tiene en cuenta en las decisiones; y por tener siempre una meta superior a alcanzar, tanto para él como para el colectivo al que pertenece.
¿Una utopía en medio de tan difíciles condiciones? Conquistar la utopía es la única manera de tener fe en el mejoramiento humano.

Abril de 2018

jueves, 19 de abril de 2018

Cuba: el presente es el comienzo del futuro

Por Charles Romeo

Creo que el año 2018 será recordado como el momento en que los cubanos procedieron a actualizar sus ideas sobre su proceso revolucionario iniciado sesenta años atrás.

El paso implacable del tiempo ha provocado el inevitable cambio de los dirigentes del proceso revolucionario y para ser más preciso, el cambio “del dirigente”, toda vez que es incuestionable que fue Fidel Castro el que concibió no solamente la necesidad de una cambo revolucionario de Cuba sino que además,  el cómo hacerlo y como plasmarlo en una nueva realidad política, social y económica, que a su vez inevitablemente también ha provocado una transformación cultural entre los cubanos, entendiendo por ello su manera de pensar y de vivir. Ese liderazgo se prolongó doce años más después del retiro obligado de Fidel, por la identidad de pensamiento entre él y su hermano Raúl quien lo acompaño en ese proceso desde el primer momento. No olvidar que cuando Raúl Castro cayó prisionero, antes que Fidel, después del fracaso del intento de tomar por asalto el Cuartel Moncada el 26 de julio de 1953 en Santiago de Cuba, él asumió verbalmente toda la responsabilidad  por el hecho ante las fuerzas batistianas. Fidel y Raúl Castro fueron la expresión visible del liderazgo por esos seres que crearon lo que me atrevo a denominar la mitología de la Revolución Cubana, que sorprendió al mundo por su increíble audacia y por su éxito en una lucha de algunos cientos de guerrilleros  y combatientes clandestinos en contra de unos 80.000 soldados, marinos, aviadores y policías. Eso es historia.

Que el color verde olivo inicial de la Revolución Cubana se convirtiera en el rojo del movimiento comunista internacional, fue consecuencia de una adaptación  lógica y  por tanto necesaria, a los efectos de poder resistir nuevamente un nuevo combate a muerte, esta vez entre la pequeña Cuba y el gigante norteamericano a solo 90 millas de distancia. Recordar la invasión de Cuba por Playa Girón organizada por la CIA en abril de 1961 y la posterior crisis de los cohetes en Octubre de 1962, consecuencia de un intento de impedir una invasión militar norteamericana de Cuba, que estuvo a punto de desencadenar una guerra nuclear entre la URSS y los EE.UU.

El relevo generacional en la dirigencia de la Revolución Cubana que se está produciendo es consecuencia del paso del tiempo, pero al mismo tiempo de su capacidad para realizarlo tranquila y organizadamente como algo ya previsto y que por tanto fue también debidamente preparado. Marca el fin de una época histórica y el comienzo de una nueva que adquiere toda su trascendencia por su vinculación al otro cambio que se está realizando en Cuba y que es la redefinición de su ideología. En efecto, desde hace ya bastante tiempo,  tanto en los discursos oficiales como en la literatura proveniente del Partido Comunista de Cuba, no hay ya mención de principios marxistas tan utilizados antes para explicar y justificar medidas gubernamentales. En cambio, se reitera la validez del pensamiento de José Martí y sobre todo el hecho de que fue el fundador del Partido Revolucionario Cubano, expresión de la unidad política necesaria para lograr la independencia de Cuba de España, también la base de la política de Fidel Castro para resistir las acciones de los gobiernos norteamericanos en contra de Cuba y mantener su independencia política. Por tanto, el Partido Comunista de Cuba es la continuación por Fidel Castro  del Partido formado por  José Martí. Su color deja de ser rojo para volver a ser verde olivo.

La identificación ideológica con los partidos de otros países socialistas ya no es por tanto ahora el Manifiesto Comunista de Marx y Engels ni los principios políticos seguidos por Lenin, sino la identidad en la lucha por la independencia nacional y la justicia social y económica para toda la población. Como dijo una vez Fidel Castro: “La teoría de Marx nunca fue un esquema: fue  una concepción, fue un método, fue una interpretación, fue una ciencia.”

Caracteriza a  la República Popular China, a la Republica Socialista de Vietnam y a Cuba el dominio político incontrastable de un partido político hegemónico que representa ya no solamente a la clase obrera en alianza con el campesinado, sino que a toda la sociedad en la cual hay hasta empresarios privados, artesanos y cooperativas. Más que la dictadura del proletariado el partido Comunista es la expresión del dominio político de las grandes mayorías, ya consolidado por lo que sucedió en el pasado en estos países, que aprovecha la capacidad empresarial privada para resolver la problemática económica nacional.

¿Un comunismo “light”? ¿La dictadura política de los más sobre los menos? Por muchos y ricos que sean los millonarios chinos son poquísimos en comparación con los más de 1300 millones de chinos, así como los vietnamitas en relación con los 92 millones de habitantes y serán los cubanos ricos entre más de 11 millones, todos estos países con fuerzas armadas populares que no están al servicio de los empresarios nacionales e internacionales.

¿Que son realidades sociales con contradicciones en su interior? ¿Y cuándo existieron sociedades desprovistas de ellas? Eso lo aclararon muy bien Marx y Engels. Vivimos el presente y se vivirá en el futuro que no tiene por qué ser como el ayer.

La Habana, 19 de abril del 2018

lunes, 16 de abril de 2018

Fidel en la ONU (1960)

Por Raúl Roa Kouri

En 1960, dirigentes de varias potencias se pusieron de acuerdo para asistir al XIV período de sesiones de la Asamblea General. Eisenhower, Macmillan y Jruschov abrían la lista, en la que también figuraban grandes personalidades del Tercer Mundo: Jawaharlal Nehru, Gamal Abdel Nasser, Kwame NKrumah y Sekou Touré. Con particular expectación se aguardaba en Nueva York al entonces Primer Ministro, Fidel Castro. Líderes de los países de Europa oriental, entre otros el polaco Ladislaw Gomulka y el húngaro Janos Kadar concurrieron a la cita en el palacio de acero y cristal, a orillas del East River.

Cuando se hizo público que Fidel asistiría a la Asamblea General, Malcolm X propuso, a través de Bob Taber, que se alojara en el Hotel Theresa, en el ghetto negro de Harlem. Me pareció una idea formidable, como he contado en otra parte. Pero ya el embajador Manuel Bisbé había tomado otra decisión: se alojaría en el Hotel Shelbourne, cercano a las Naciones Unidas, en Lexington y 37.

Numerosos cubanos acudimos al aeropuerto de Idlewild (ahora John F. Kennedy) a esperar al héroe de la Sierra Maestra. Una larga caravana de carros, patrulleros de la policía, agentes de seguridad y los miembros principales de la Misión ante la ONU, entramos hasta la escalerilla de la nave, un Britannia de nuestras líneas aéreas. A la salida, llegando a la autopista, un grupo de fidelistas saludaba, agitando banderitas de papel. El Comandante extendió el brazo fuera de la ventanilla del auto y un genízaro de la policía neoyorkina intentó impedírselo: Fidel, en gesto airado, le apartó la mano.

Un día o dos después del arribo a Manhattan la tensión crecía en los alrededores del Shelbourne. El gerente pidió hablar con el Primer Ministro. Fidel me instruyó verle. El tipo, de mediana estatura, corpulento, de bigotico y entradas, estaba exaltado: «Mr. Roa, me dijo, estoy muy preocupado por los pickets; es posible que haya violencia, que tiren piedras, que dañen nuestra propiedad. Diga al Primer Ministro que necesitamos un depósito de 20 000 dólares por si algo sucede.» Repuse que eso era totalmente irregular e inaceptable, pero insistió en su demanda. Al conocerla, Fidel Castro exclamó, indignado:

"¡Son unos bandidos! La ONU no debería estar en una ciudad donde no se respeta a las delegaciones que vienen a sus reuniones, donde no puede uno alojarse sin que traten de extorsionarlo! Raulito instruyó dile a ese individuo que no aceptamos su exigencia, que es un bandido. Díselo: ¡un bandido! Y que nos vamos del hotel!"

Cumplí sus instrucciones al pie de la letra.

En la habitación, Fidel daba grandes zancadas de un lado a otro. Ordenó al capitán Antonio Núñez Jiménez salir a comprar tiendas de campaña. Ya que no se podía vivir en el hotel, acamparíamos en el jardín de las Naciones Unidas. Pidió al doctor Bisbé que llamara al secretario general, Dag Hammarksjöld, y le solicitara una entrevista urgente. Había que dejar constancia de nuestra protesta por el inícuo tratamiento, de la necesidad de trasladar la ONU a un país civilizado, en el que los jefes de Estado o Gobierno recibieran las cortesías debidas.

Fue entonces que referí a mi padre, sentado en una de las camas, lo del Hotel Theresa. «¡Coño! ¿Cómo no lo dijiste antes?» Expliqué brevemente las razones. «Bueno, ahora ya nos vamos de aquí. Dilo a Fidel.»

El Comandante en Jefe no prestó mucha atención cuando, interrumpiendo su vigoroso paseo, le informé que podía conseguir un hotel. Fue la segunda vez, al escuchar que estaba situado en Harlem, que se detuvo. «¿En el Harlem negro?» preguntó. Al recibir mi respuesta afirmativa indagó nuevamente: «¿Estás seguro de poder obtenerlo?» Repuse que sí, que Malcolm X nos lo había ofrecido y no tenía dudas de que podría lograrlo aún, llamando a Bob Taber.

Fidel dio instrucciones a Abrantes de acompañarme a la oficina de los Musulmanes Negros mientras él, Roa y Bisbé se dirigían, con todos los demás y las tiendas de campaña por si acaso— a ver al Secretario General de las Naciones Unidas.

Con José Abrantes, pues, fui al Hotel Theresa tras localizar a Malcolm X por medio de Taber. Según habíamos convenido, llamé a mi padre a la oficina de Hammarksjöld, cuando todo estuvo resuelto. «Tenemos dos pisos informé. Pueden venir.»

Como por arte de magia (los servicios especiales yanquis no son tan deficientes) comenzaron a llover las llamadas teléfonicas al despacho de Hammarksjöld con ofertas de hoteles para la delegación cubana. El estirado diplomático intentaba convencer al jefe revolucionario de que era más apropiado trasladarse a uno de los buenos hoteles de Midtown. Fidel repuso que ya teníamos uno, el Theresa, y que iríamos a Harlem, con los humildes, los negros y latinos preteridos y discriminados, nuestros hermanos... Imagino la cara que puso el atildado funcionario sueco.

Los días del Theresa

Cuando Fidel Castro y sus acompañantes llegaron al Hotel Theresa, grupos de afronorteamericanos y latinos ya se agolpaban en los alrededores. Una cerrada ovación y gritos de ¡Viva Cuba! les saludaron, apenas el líder revolucionario bajó del automóvil. Sonriente, contento, Fidel devolvió el saludo con la mano. La policía y los agentes de seguridad habían levantado barreras que impedían a la multitud acercarse. En el vestíbulo, Fidel abrazó a Taber, estrechó la mano del gerente negro. Nuestra delegación ocupaba dos pisos: Fidel, Almeida, Celia, Roa, Núñez Jiménez y otros compañeros se instalaron en el de arriba. Desde una ventana, el Comandante en Jefe cumplimentó nuevamente a los amigos de Cuba, la gente de Harlem.

Súbitamente, aquella instalación más bien pobre se convirtió en noticia de primera plana. Allí acudiría para espanto de la seguridad yanqui e inquietud de la soviética el primer ministro de la URSS, Nikita S. Jruschov. Bajo, rechoncho y sonriente, abrazó a Fidel, sus barbas parecían una peluca sobre la calva del ucraniano. Le acompañaban el canciller, Andrei Gromyko, su yerno Adzhubey, que ocupaba la dirección de Pravda y otros camaradas. Por tener quehacer en la ONU no asistí a la conversación.

En cambio, serví de intérprete durante el encuentro con el jefe del gobierno indio, el Pandit Nehru y su ministro de Defensa, Krishna Menon. El discípulo de Gandhi, en atuendo característico, fue recibido al pie del elevador. Fidel agradeció su visita; apenado, le dijo que no debía haberse molestado en ir hasta el hotel. Nehru respondió, con voz baja y grave: «Quería tener el honor de estrecharle la mano a un héroe».

Como no poseíamos sala, la entrevista se desarrolló en la habitación contigua a la de Fidel. Nehru y Menon se ubicaron en sendas sillas, contra la pared, mientras que el Comandante y yo nos sentamos frente a ellos, en el extremo de la cama. Los amigos indios hablaban poco. Fidel les preguntó sobre su inmenso país, evocó a Gandhi, la lucha por la independencia; refirióse a la nuestra, a los problemas que surgían con los Estados Unidos, a la ley de Reforma Agraria. Les mostró fotos de las nuevas cooperativas publicadas en la revista INRA. Raúl Corrales registró el encuentro con su lente infalible.

El presidente egipcio, Gamal Abdel Nasser, con su ministro de Relaciones Exteriores, el sabio y educado doctor Mahmoud Fawzi, también acudió al Theresa. Teníamos muchos puntos de contacto con la lucha antimperialista que libraba Egipto, tras la nacionalización del Canal de Suez; defendíamos idénticos principios: ambos apoyábamos resueltamente la lucha anticolonial de los pueblos africanos. En aquella hora, los argelinos asestaban duros golpes a los colonialistas franceses, que desataron una represión brutal.

Aunque no fue un revolucionario, en el sentido marxista, Nasser desempeñó un papel destacado en la liberación de África, mantuvo posiciones progresistas y de amistad hacia la Unión Soviética y el campo socialista. La conversación con el dirigente cubano fue cordial y amistosa, abarcó un temario nutrido e importante. De ella surgió una relación duradera, cuyo primer paso había sido el establecimiento de relaciones diplomáticas, un año antes. Similares, por lo fraternales, fueron las reuniones con Kwame NKrumah y Ahmed Sekou Touré. Este último visitaría La Habana el 13 de octubre, inmediatamente después de intervenir ante la Asamblea General. Me correspondió acompañarle a la Isla y actuar como intérprete en las conversaciones que sostuvo con Fidel y Dorticós; Che hablaba bien el francés. Traduje, asimismo, su comparecencia ante la televisión. (Recuerdo el día que llegamos, el recorrido en auto descapotable desde el aeropuerto a la residencia. Esa mañana se había anunciado la nacionalización de 300 empresas norteamericanas y el pueblo, enardecido y patriótico, demostraba su adhesión y simpatías al Gobierno Revolucionario. Fidel explicaba a Sekou Touré el motivo del júbilo.)

Nuestro jefe comentaba, asimismo, al dirigente africano: ¿Ve el entusiasmo de nuestra gente?…Pues, fíjese, si les pregunto ¿están de acuerdo con la reforma agraria? Responden que sí. Si indago: ¿Están de acerdo con la nacionalización de las empresas extranjeras, de la banca y el comercio exterior? Exclaman: ¡sí! Apoyan la rebaja de alquileres (al día siguiente se proclamó la Ley de la Reforma Urbana), de la tarifa electrica, telefónica? ¡Claro! Pero si uno les pregunta: ¿están de acuerdo con el socialismo? Responden: ¡Noooo! Y es que hemos sido víctimas de las campañas orquestadas por el imperialismo contra las ideas socialistas, progresistas, comunistas. Nos casaron con la mentira…Y ahora les explico que estamos haciendo lo que prometimos en el Programa del Moncada: la revolución de los humildes, por los humildes y para los humildes. ¡Y en eso sí están todos de acuerdo! Fue una visita inolvidable. Aprendí tanto sobre nuestra Revolución como Sekou Touré.

Todas las tardes, al regresar de la ONU, nos reuníamos en el cuarto del Comandante en Jefe. Este, conversando con nosotros, iba tejiendo su discurso, tocando diferentes asuntos, exponiendo ideas. El capitán Núñez Jiménez y yo éramos los encargados de recogerlas, sintéticamente, en tarjetas de archivo, que luego pasaba yo a máquina: una tarjeta, una idea. Al final, alrededor de cuatrocientas tarjetas constituyeron la única referencia escrita usada por Fidel en su magistral intervención ante la ONU, que mantuvo en vilo a centenares de delegados, invitados y miembros de la Secretaría, de pie en los pasillos, por más de cuatro horas.

Tremendo fue el impacto del discurso. No sólo nadie se había dirigido a la Asamblea por espacio de tiempo tan largo, sin que la atención decayera ni se produjeran deserciones en el auditorio; ningún jefe de Estado o Gobierno había hecho semejante proceso político al imperio, desnudando su entraña depredadora y voraz, su intervención grosera en la vida y los asuntos internos de un pueblo soberano e independiente. La ONU, que durante muchos años fue intrascendente vertedero de palabras, cámara de resonancia del dictum de los poderosos, tornábase ahora trinchera de ideas, foro de denuncia y combate. Imposible olvidar aquella pieza de historia quemante...

Numerosos fueron los dirigentes que se acercaron al escaño de Cuba para estrechar la mano de Fidel. Entre los primeros, Nikita S. Jruschov. Nasser, NKrumah, Nehru, Sukarno, fueron portadores del abrazo solidario de los países afroasiáticos. También los socialistas y algunos representantes de nuestra América: Manuel Tello y Luis Padilla Nervo, del fraterno México; de Bolivia, Marcial Tamayo, y algunos otros más.

La delegación soviética convidó a la nuestra a una «cena amistosa y fraternal», en la sede de su Misión ante la ONU, sita entonces en las calles 67 y Park Avenue. Los que debíamos asistir, nos hallábamos, por la tarde, en la habitación de Fidel, conversando sobre diversos temas. La charla era, como de costumbre, animada. Celia Sánchez, discreta y casi inadvertida, recordó al Comandante que debía mudarse de ropas. Fidel no se inmutó... Dos recordatorios después, como a las 19 horas, vistió su uniforme recién planchado.

Cuando arribamos a la Misión Soviética, Nikita se hallaba en la puerta, reloj en mano. Le rodeaban periodistas y fotógrafos, que registraron el saludo de Fidel Castro. Una vez dentro, el líder soviético observó que llevaba media hora esperándonos. Fidel adujo que los atoros del tránsito nos habían demorado y, de inmediato, agregó: «¡Pero usted no perdió el tiempo, le vi reunido con la prensa!» Jruschov sonrió, respondiendo que así era... ¡Y guardó su reloj de bolsillo!

La conversación tuvo lugar, inicialmente, en una sala del segundo piso, que se abría hacia el comedor. Menia Martínez, primera ballerina cubana, que había estudiado en Leningrado, sirvió de intérprete a Fidel, quien ocupaba, junto a Jruschov, un pequeño sofá. Los demás, nos agolpábamos, de pie o sentados, alrededor de los dos dirigentes.

La mesa en que cenamos estaba dispuesta en «U», con la parte del medio hacia el fondo del salón. En el centro, Jruschov y Fidel; a sus lados, Almeida, Gromyko, Roa, Ramiro Valdés, Emilio Aragonés, Celia Sánchez, Núñez Jiménez... Yo estaba en la «pata» derecha, entre el embajador Platón Mórozov y Adzhubey. Frente a nosotros, el director de Izvestia con el periodista Honorio Muñoz. A la derecha de Adzhubey, Carlos Franqui, director de Revolución. Por allí mismo estaba Luis Gómez Wangüemert, quien a la sazón dirigia el diario El Mundo. Me encontraba «entre colegas».

En un momento dado, Jruschov, que sufría por la calefacción, propuso que nos quitáramos las chaquetas, bez protokol[1]. Muchos lo hicieron. Entre brindis y elogios, Nikita preguntó si había entre los presentes algún viejo comunista. Honorio levantó la mano, orgulloso. El líder soviético, con sonrisa intencionada, le soltó: «¿Y no le da vergüenza que hayan sido otros quienes dirigieran la revolución?» Después, girando hacia Fidel: «¿Usted sabía que Andrei Gromyko fue embajador ante Batista? ¿Qué debemos hacerle por ese pecado imperdonable? ¿Lo fusilamos?» El Comandante, en el mismo tono, repuso que no era necesario. El Canciller soviético, en tanto, mostraba una sonrisa de payaso triste.

La atmósfera era fraternal y camaraderíl, no como dicen siempre las notas de prensa respecto a las reuniones entre dirigentes de los «partidos hermanos», sino de veras cordial, cálida, auténtica. Nikita Jruschov sentía profunda simpatía por el joven revolucionario y se regocijaba en serio del triunfo cubano. Contó a Fidel y todos lo escuchamos que a diario leía en su oficina del Kremlin las noticias sobre Cuba y al conocer cada ley, cada acto, cada golpe al imperialismo, miraba el tamaño de nuestra isla en el mapa, colgado a sus espaldas, y reía, reía... ¡Qué revolución tan formidable!

Episodio sonado del XIV período de sesiones fue el protagonizado por Jruschov, durante la intervención del premier británico, Harold MacMillan. La reunión en la cumbre de los «cinco grandes» acababa de fracasar, al derribar la URSS un avión espía U-2 sobre su territorio, pilotado por Powers, y el clima internacional se empozoñaba de nuevo. MacMillan, se lamentaba del fracaso de la reunión, culpando a los soviéticos por el incidente. Nikita, que le escuchaba con atención, mientras se daba masaje en un pie, blandió la sandalia que tenía en su mano derecha y golpeando con ella el pupitre, interrumpió al atónito inglés: «¡Eso es mentira! ¡Usted sabe que es falso! ¡Repita aquí lo que me dijo en privado! ¡La responsabilidad es enteramente de los Estados Unidos por enviar el avión espía!»

Los espíritus pacatos que tanto abundan en los predios diplomáticos se horrorizaron, cual viejas tías solteronas, por el exabrupto del Primer Ministro soviético. Fue una buena sacudida. De vez en cuando, es menester recordarles que el mundo es algo vivo, hecho de sangre, nervios, músculos... ¡y encabronamientos!




[1] Sin protocolo.